Lunes, Marzo 27, 2017

OPINION

Bucareli
México: guerra y paz
Jacobo Zabludovsky

MTI/ El Universal On Line/Jacobo Zabludovsky
Publicada: Octubre 06, 2014

La paz se construye sobre los cimientos de un sistema de justicia económica y libertad política, nunca donde la desigualdad obscena parece inevitable mientras la distancia creciente entre los muchos pobres y los pocos ricos se hace evidente

Texcoco, México.- (Texcoco Press).- A la no reelección atribuye el presidente Enrique Peña Nieto ocho décadas de paz en México.

Las últimas convulsiones violentas de la Revolución y sus acomodos institucionales son la guerra cristera y el asesinato del presidente electo Álvaro Obregón. Luego calma chicha: don Plutarco se fue pero siguió en el mando mediante tres sobrecargos hasta 1934 cuando don Lázaro lo mandó a Los Ángeles en viaje sencillo, alargó a seis los años del mandato ejecutivo y dijo aquí nomás mis chicharrones truenan.

“Estoy convencido de que el modelo y el tiempo que se tiene para el Presidente de la República en México es el adecuado. Si bien puede parecer insuficiente para hacer todo lo que debe llevarse a cabo, es tiempo razonable. Pocos países en el mundo pueden presumir de haber tenido hasta ahora 80 años en los que cada seis ha habido una transición ordenada, pacífica, no exenta algunas veces de cierta efervescencia, pero en un clima de gran estabilidad política hemos tenido un relevo en la titularidad del Ejecutivo. No hay necesidad de alterar esta condición”, me dijo el presidente en la entrevista del 11 de septiembre en Palacio Nacional.

La paz resulta ser al mismo tiempo causa y consecuencia del artículo 83 de la Constitución. La alternancia inaplazable y obligada del Jefe del Poder Ejecutivo nos ha dado paz, pero su cumplimiento no hubiera sido posible si esa paz desapareciera por una guerra interna que alterara nuestro marco jurídico. Los mexicanos no hemos sabido lo que es una guerra si omitimos la declarada contra el eje nazi fascista por el hundimiento de dos barcos mexicanos y la reñida contra narcotraficantes en el sexenio de Felipe Calderón. No sabemos, por fortuna, de las consecuencias dantescas de cualquier conflicto destinado a aniquilar a nuestros semejantes. Y a ser aniquilado por ellos.

Releo por casualidad en estos días “Vida y destino”, la obra magistral de Vasili Grossman, y avanzo despacio con él por las trincheras de Stalingrado, ejemplo del heroísmo del pueblo ruso y de la capacidad descriptiva de Grossman semejante a la del León Tolstoi de “Guerra y Paz”. Ahí, en 1942, los nazis construyeron su cadalso y empezaron a subir los 13 escalones de la horca. Nada de lo que podamos imaginar en la tierra pacífica de México puede acercarnos a la realidad de la lucha metro a metro sobre sangre, lodo y nieve: “Entre la maleza quemada yacían los cuerpos de los caídos… lúgubremente el agua jadeaba en la orilla… la melancolía se adueñaba del corazón ante la visión de la tierra devastada… humo, cascajos, hierro, vendas sucias ensangrentadas. Y los días anteriores habían sido parecidos. Y no quedaba nada en el mundo salvo aquel cielo en llamas”.

Ese Grossman que vivió las batallas más sangrientas de la historia, el terror del stalinismo y el asombro inédito de los campos de exterminio concebidos por los nazis como una banda industrial eficaz para desaparecer a gran parte de la humanidad. Aquel Grossman había muerto cuando este aun no nacía. Ese anterior no es el Grossman, David, de las guerras de Israel, que perdió a su hijo en alguna de las intifadas. Ni son los muertos de esas guerras actuales, de las que no hemos sido más que lectores distantes, testigos por televisión, invitados de piedra. Las guerras en estos ochenta años en que la humanidad padeció las más crueles y mortíferas de la historia, no han sido en nuestro patio. Pocos pueblos pueden decir lo mismo en los siglos recientes.

Para disfrutar de esta situación privilegiada no son útiles las bayonetas, sino indispensables los arados, la justicia, la educación, la salud, la confianza en el futuro, una realidad sin pobreza agobiante donde se incuban los rencores y los conflictos. Si preguntar sobre las modalidades de la reelección presidencial nos ha traído a este pensamiento sencillo sobre la meta de nuestros proyectos que es conservar la paz, valga la oportunidad de entender que la paz se construye sobre los cimientos de un sistema de justicia económica y libertad política, nunca donde la desigualdad obscena parece inevitable mientras la distancia creciente entre los muchos pobres y los pocos ricos se hace evidente.

Resulta difícil extraer del deshilacho de mis ideas alguna moraleja más o menos aceptable. Sirva, ya de perdida, para recordar que la paz como la guerra son consecuencia de factores sin cuya concurrencia no se alcanza ninguno de esos fines. Compromiso de quienes disfrutamos esta paz prolongada es entregarla a nuestros herederos sobre bases más sólidas, con acceso a los beneficios de la gran transformación tecnológica y su efecto en el bienestar humano.

Lo dice el viejo trabalenguas, lugar súper común: la causa de la causa es la causa de lo causado.

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